Bill Gates pide frenar la IA, empleos “Human Reserved” e impuesto a los robots
Bill Gates lleva cuatro décadas vendiendo optimismo tecnológico. Por eso llama la atención el tono de su última entrevista con The New York Times: no reniega de la IA, pero admite que avanza más rápido de lo que gobiernos, empresas y sociedad están preparados para absorber. Su tesis es sencilla y a la vez incómoda: la productividad no basta, hace falta un plan para gestionar una transición que puede ser muy turbulenta.
El empleo, primer riesgo: trabajos “Human Reserved”
La propuesta más llamativa de Gates es crear una categoría de empleos reservados para personas, aunque la máquina ya pudiera hacerlos igual de bien. La llama Human Reserved, y calcula que hasta un 40% de los puestos de trabajo podría entrar en esa categoría: cuidado infantil y de mayores, jurados populares, trabajo social y terapéutico.
Sus ejemplos concretos van al grano. Sobre la construcción: “No puedes decirle a alguien de 55 años que ha trabajado toda su vida en construcción que ahora tiene que irse a trabajar a una residencia de ancianos”. Y sobre sanidad, plantea algo que ya es técnicamente posible: “imagina un robot dándote la noticia de que tienes una enfermedad incurable. No hay ninguna razón técnica por la que no pudiera hacerlo. Aun así, no debería”.
Es un matiz importante frente al debate habitual sobre los trabajos que la IA puede automatizar: Gates no discute la capacidad técnica, discute si debemos usarla en todo lo que sea posible solo porque es posible.
Gravar los robots para frenar la sustitución
Gates recupera una idea que ya defendió en 2017: un impuesto a los robots y al uso intensivo de IA. Su argumento es de incentivos fiscales, no ideológico: “ahora mismo, si eres un empresario y contratas a alguien, pagas impuestos sobre su nómina. Pero si compras un robot, normalmente puedes desgravarlo de inmediato como gasto de empresa”. Ese desequilibrio, dice, empuja a sustituir personas por máquinas más rápido de lo necesario, y una tasa a los robots “frenaría un poco esa huida del trabajo humano y recaudaría dinero para reciclaje profesional y una red de protección más sólida”.
Es la misma lógica de fondo que ya apuntábamos al hablar de la burbuja tecnológica y el futuro del trabajo con IA: sin ningún mecanismo que reparta el ahorro que genera la automatización, ese ahorro se lo queda casi siempre la empresa, no la sociedad.
La infancia, el riesgo que menos se discute
El tercer punto de Gates es el que menos titulares suele generar y probablemente el más delicado: una IA demasiado persuasiva, disponible todo el día y ajustada a cada usuario puede afectar al desarrollo de niños y adolescentes. No es un riesgo nuevo -ya lo vemos con las redes sociales y la dependencia de las pantallas-, pero una IA que siempre está de acuerdo contigo y nunca se cansa de hablarte lo amplifica.
Gates no es el único que ha puesto el foco ahí, pero su advertencia pesa distinto viniendo de alguien que construyó buena parte de su fortuna con tecnología de consumo masivo.
Por qué es relevante
Gates no se ha vuelto antitecnológico. Sigue pensando que la IA puede mejorar sanidad, educación, ciencia y productividad, y en eso no se diferencia de lo que ha dicho siempre. Lo que cambia es el mensaje de fondo: esta vez el despliegue no se puede dejar solo en manos del mercado. Reservar empleos, gravar a los robots y poner límites en la infancia son tres formas distintas de decir lo mismo: la sociedad tiene que decidir dónde pone el freno, porque la tecnología sola no lo va a hacer por ella.