Deepfakes, la desinformación que ya cuesta 929 millones de euros

Hace unos años, un deepfake era casi una curiosidad técnica: un vídeo raro de un famoso diciendo algo que nunca dijo, compartido para sorprender. En 2026 es, sobre todo, un negocio criminal con cifras de varios cientos de millones de euros al año. Si quieres repasar antes qué es exactamente un deepfake, lo tienes definido en nuestro glosario de inteligencia artificial.

Un fraude que se ha triplicado en un año

Las pérdidas globales por fraude con manipulación audiovisual alcanzaron los 929 millones de euros en 2025: el triple que en 2024, y nueve veces más que todo lo acumulado entre 2020 y 2023. No es un problema marginal, es una curva de crecimiento que se está acelerando cada año.

Facebook, WhatsApp y Telegram concentran, entre las tres, el 93% de las pérdidas por fraude deepfake en redes sociales, precisamente porque son los canales donde más fácil resulta distribuir un vídeo manipulado a gran escala y con apariencia de conversación privada y de confianza.

Cómo funciona el negocio en la práctica

El 80% de las pérdidas corresponde a un patrón muy concreto: estafas de inversión que usan vídeos deepfake de personajes famosos o figuras públicas para dar credibilidad a plataformas de trading fraudulentas. El famoso “aparece” recomendando una inversión milagrosa, y esa falsa autoridad es suficiente para que la víctima confíe su dinero.

No hace falta irse muy lejos para ver un ejemplo real: la Guardia Civil investigó a cinco personas en Palencia por estafar 6.000 euros mediante falsas inversiones en criptomonedas, usando perfiles falsos y webs que simulaban ser asesores financieros legítimos. La cifra es pequeña comparada con los 929 millones globales, pero ilustra perfectamente el mecanismo: no hace falta tecnología sofisticada para hacer daño, basta con un vídeo convincente y alguien dispuesto a creerlo.

El otro riesgo: la manipulación política

Más allá del fraude económico, la Junta Electoral Central y el Ministerio del Interior españoles consideran que la manipulación sintética será uno de los riesgos más relevantes para las próximas citas electorales, con vídeos falsos de candidatos como amenaza concreta de cara a 2026. Es la misma preocupación que ya apuntábamos al hablar de hipnocracia, el arte de manipular a la gente, y de cómo la neutralidad política de los LLM es un debate que ya no se puede separar de la calidad de la información que circula.

Qué dice la ley española (y lo que no dice)

Aquí hay un vacío que sorprende: en España no existe un delito llamado “deepfake” como tal. Para perseguir estos casos, la justicia recurre a artículos ya existentes del Código Penal, como el artículo 197 (que protege la intimidad), o los delitos de injurias, calumnias y estafa, según el uso concreto que se le haya dado al contenido manipulado. Es un marco que funciona, pero que obliga a encajar un problema nuevo en herramientas legales pensadas para otra cosa.

La respuesta que llega desde Europa

Aquí es donde entra el Reglamento Europeo de IA (AI Act), que desde el 2 de agosto de 2026 obliga a etiquetar como tal cualquier contenido sintético generado por IA, deepfakes incluidos. No es una solución mágica —una etiqueta no impide que alguien caiga en una estafa si no la ve o no la entiende—, pero sí es la primera vez que existe una obligación legal clara a nivel europeo de identificar este tipo de contenido en origen, en lugar de perseguirlo solo después del daño.

Se puede detectar, pero no siempre a tiempo

La buena noticia es que la misma tecnología que permite crear un deepfake convincente también permite detectarlo: análisis forense de metadatos, de frecuencias de audio o de artefactos de generación que el ojo humano no percibe. La mala noticia es que ninguna herramienta de detección es infalible al cien por cien, y la carrera entre quien genera y quien detecta se parece bastante a la que ya vivimos con otros contenidos generados por IA, como analizamos al ver que la mitad de los contenidos digitales ya los escribe una inteligencia artificial.

Aprender a dudar, sin dejar de confiar en nada

El reto de fondo con los deepfakes no es solo técnico ni solo legal, es también cultural: aprender a mirar un vídeo con el mismo escepticismo con el que ya miramos un email sospechoso, sin caer en la paranoia de no creer nada. Es, en el fondo, el mismo ejercicio de truth coping del que ya hablamos: aprender a convivir con una realidad donde ver ya no es, automáticamente, creer.


Publicado el 10/09/2026 / 4 minutos de lectura / Inteligencia Artificial