Por qué las apps de citas están en crisis
Casi todos conocemos a alguien que ha borrado Tinder, Bumble o cualquiera de sus primas. O que las tiene instaladas, pero ya no las abre. La periodista Meehika Barua lo resumía en TIME con una frase seca: los iconos siguen ahí, pero nadie espera que traigan algo importante. Es un artículo de opinión, no un estudio, pero apoya su tesis en datos e investigación que merece la pena repasar.
Un hartazgo que ya se mide
Según una encuesta de Harris Poll de 2026, dos tercios de los solteros estadounidenses no usaban apps de citas, y el 80% veía conocer a alguien en persona como algo “cute” o “cool”. Conviene recordar que son datos de Estados Unidos. En España no tenemos aquí una cifra equivalente, así que lo prudente es tomarlo como una señal de tendencia y no como una radiografía de lo que pasa aquí.
El agotamiento emocional
Una de las investigaciones que cita el artículo es la de Liesel Sharabi, del Relationships and Technology Lab de la Universidad Estatal de Arizona. Siguió a usuarios de apps durante 12 semanas y encontró que el agotamiento emocional y la sensación de no lograr nada aumentaban con el tiempo.
Tiene lógica. Cada sesión es una cadena de pequeñas decisiones: deslizar, escribir, mantener la conversación, quedar, seguir buscando. El psicólogo Samuel Hipkiss, de la Universidad de Bath, apunta que son cientos de juicios sobre personas de las que casi no sabemos nada, y que el resultado es fatiga de decisión y cinismo. A eso se suma el rechazo: más mensajes sin respuesta, más matches que se desvanecen, más ghosting.
Un juego con recompensas intermitentes
El segundo problema es que las apps gamifican algo que no es un juego. El match es una métrica clara y da una descarga rápida de validación, aunque ninguno de los dos tenga intención de hablar. Como llega de forma impredecible, funciona como una recompensa intermitente: cada deslizamiento fallido guarda la posibilidad de que el siguiente sí funcione. Es el mecanismo que nos engancha a otras aplicaciones.
La autora lo ilustra con su propia experiencia: ayer tuvo 12 matches y solo dos hombres le escribieron. Para muchos usuarios, dice, basta con el match: la otra persona pasa a ser secundaria frente a la prueba de que alguien nos ha elegido. El filósofo Karim Nader describe un efecto parecido, en el que el objetivo se desplaza de formar una relación a acumular coincidencias.
La paradoja de la elección
Las apps prometen abundancia, y la abundancia tiene un coste. Experimentos citados en el artículo muestran que ver más perfiles aumentaba la sobrecarga de elección y el miedo a quedarse soltero, y reducía la autoestima. Otros trabajos apuntan a una “mentalidad de rechazo”: cuanto más se desliza, más probable es descartar a posibles parejas.
Cuando decidimos en dos segundos con una foto y una frase, usamos atajos: la altura, el pelo, un texto mal escrito. Y como siempre hay otro perfil a un gesto de distancia, cuesta menos descartar a alguien imperfecto. La comparación de una amiga de la autora, con comprar un vestido o probar un coche, lo resume bien: evaluamos personas como productos, rápido, comparando, con la sospecha de que hay una oferta mejor más adelante.
La paradoja es esa: más opciones deberían facilitarlo, pero pueden hacer más difícil sentir curiosidad por alguien, tolerar la incertidumbre o estar conformes con lo elegido.
Qué podemos sacar de esto
Hay que ser honestos con los límites. Un texto de opinión y unas encuestas de Estados Unidos no demuestran que las apps estén muertas, y mucha gente sigue conociendo pareja en ellas. Lo que sí parece claro es que el diseño de estas plataformas, centrado en la cantidad y la rapidez, no encaja bien con lo que la relación necesita: paciencia, curiosidad y algo de inversión emocional.
Es otra cara del mismo debate que abrimos al hablar de qué está haciendo el móvil a los jóvenes y de cómo el mentidero se mudó al móvil: cuando una herramienta digital sustituye al encuentro, se pierde la parte lenta e incómoda que, justamente, hace que las relaciones importen. Parece que, por si acaso, más de uno está volviendo a mirar alrededor.