¿Qué está haciendo el móvil a los jóvenes? Lo que dicen los datos
Hace años que oímos que “los jóvenes están peor”, y casi siempre lo hacemos con la intuición por delante. Esta vez quiero ir a los datos. Primero, a lo que ocurre con el malestar adolescente. Después, a lo que sabemos (y a lo que no) sobre si el móvil tiene algo que ver.
Ya hemos hablado de las muertes por problemas de salud mental en España y de la propuesta de prohibir las redes sociales a menores de 16 años. Este artículo es la pieza que faltaba: ¿hay evidencia de que el móvil sea parte del problema?
Qué dicen los datos del CDC
Los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades de EE. UU. (CDC) publicaron en 2017 una serie de tasas de suicidio de adolescentes de 15 a 19 años entre 1975 y 2015. Lo interesante no es solo el dato final, sino la forma de la curva:
- Chicos de 15 a 19 años: la tasa pasó de 10,8 por cada 100.000 en 2007 a 14,2 en 2015, un 31% más.
- Chicas de 15 a 19 años: la tasa pasó de 2,4 a 5,1 en el mismo periodo. Es decir, se duplicó y alcanzó la cifra más alta de toda la serie.
Antes de 2007, la tendencia iba a la baja. El giro llega justo en los años en que el smartphone deja de ser un aparato de nicho y se convierte en algo que lleva todo el mundo en el bolsillo. A esto se suman otros indicadores que apuntan en la misma dirección desde 2012-2013: más tristeza, más ansiedad, más depresión, más autolesiones y menos satisfacción vital entre los adolescentes, sobre todo entre las chicas.
Esto no demuestra por sí solo que el móvil sea la causa. Una serie temporal que coincide con otra no es una prueba. Pero sí nos da un punto de partida bastante razonable.
¿Y la televisión? Ya nos asustó en su día
Cada nueva tecnología ha tenido su pánico moral. Se culpó a la televisión de aislarnos y de atontarnos, a los videojuegos de volvernos violentos, a la industrialización de separarnos de todo lo humano. Casi ninguno de esos miedos se cumplió del todo, y la sociedad se adaptó.
Aquí el contraste es útil. Los años de más televisión en EE. UU., entre finales de los noventa y los 2000, no coincidieron con un empeoramiento del malestar adolescente, sino con una estabilización o incluso una mejora. La televisión era, en general, una actividad pasiva, doméstica y limitada. Quitaba tiempo, sí, pero no reorganizaba toda la vida social de un adolescente.
El smartphone sí lo hace. Mete en el bolsillo el grupo, la comparación, el estatus, el conflicto, la necesidad de aprobación y la vigilancia social, y lo hace las 24 horas. Mi lectura, y es una hipótesis, es que el problema no es tanto el vídeo corto o el entretenimiento digital como la combinación de móvil, redes sociales y conexión permanente.
De los BBS al smartphone: cómo cambió la red social
Las redes sociales no nacieron como las conocemos hoy. Su origen está en los primeros espacios digitales de encuentro: foros, chats, comunidades online y sistemas como los BBS, donde la gente dejaba mensajes, compartía intereses y conversaba a distancia. A finales de los 90 aparecieron plataformas que ya se parecían a una red social moderna: SixDegrees, lanzada en 1997, permitía crear un perfil, añadir contactos y ver conexiones entre personas. Después llegaron Friendster, MySpace y, más tarde, Facebook.
Ahí cambió la escala. La red dejó de ser un lugar para comunidades específicas y pasó a ser una extensión de la identidad personal: quién soy, a quién conozco, qué escucho, qué pienso, qué fotos comparto. Y con el smartphone dieron el salto definitivo: dejaron de ser páginas que visitábamos desde el ordenador y se convirtieron en una capa permanente de la vida diaria. Ya no entrábamos a internet para socializar: la vida social empezó a estar siempre conectada.
¿Por qué el móvil nos aísla si nos conecta?
Parece una contradicción. Con un móvil estás en contacto con todos tus amigos. Pero conectado no es lo mismo que acompañado:
- El texto pierde matices: se pierde tono, gesto, humor y emoción. Ni siquiera la videollamada sustituye la presencia física.
- El móvil distrae: el “phubbing”, mirar el teléfono en vez de a quien tienes delante, empeora la calidad de cualquier conversación.
- Empuja a lo fácil: igual que una despensa llena de bollería, tener el móvil a mano hace más fácil escribir a un amigo que quedar con él, aunque quedar sea más satisfactorio.
- Es un efecto red: si una parte de tus amigos prefiere el móvil, todos tenéis menos planes en persona.
Las encuestas sobre tiempo adolescente lo reflejan: la interacción cara a cara cayó con fuerza justo después de 2010, y la soledad aumentó.
Lo que se pierde tiene nombre. Ray Oldenburg llamó “tercer espacio” a los sitios que no son casa ni trabajo, donde una comunidad se encuentra sin otro objetivo que estar. Un estudio con la encuesta de uso del tiempo de EE. UU. entre 2003 y 2020 (Kannan y Veazie, 2023) apunta a menos compañía y más aislamiento, aunque otros análisis discuten cuánto pesa ahí la caída de los adolescentes. Lo desarrollo en El mentidero se mudó al móvil.
Casi todas las explicaciones pasan por el móvil
Si miramos las hipótesis habituales sobre el malestar adolescente, la mayoría dependen, de un modo u otro, del teléfono:
- La comparación social en redes: sin móvil, el juicio de tus compañeros se queda en el instituto. Con móvil, te acompaña a casa. Estudios internos de las propias plataformas ya señalaban que muchas adolescentes se sentían peor tras usar la red y, aun así, no podían dejarla.
- El exceso de malas noticias: los medios y las redes tienen incentivos para mostrar lo negativo, porque lo negativo genera atención. Antes, uno se desconectaba de las noticias. Ahora no.
- La polarización y la rabia: una investigación reciente sobre comunicación política en EE. UU. muestra que la ira ha aumentado de forma notable en los discursos del Congreso, en los tuits de los políticos y en los de los votantes, y que los mensajes enfadados reciben bastante más difusión que los neutros. El algoritmo premia la emoción negativa y, además, esa emoción cambia las opiniones políticas de quien la recibe. Un adolescente que vive en ese entorno consume mucho más enfado del que consumía cualquier generación anterior.
No todo se explica por el móvil, claro. Hay otros factores (menos independencia, más presión académica, cambios en la crianza), pero el teléfono es el hilo que conecta buena parte de ellos.
¿Qué dicen los estudios causales?
Aquí es donde me interesa ser riguroso. Las correlaciones son fáciles de encontrar y fáciles de discutir. Lo que pesa más son los experimentos y los experimentos naturales:
| Estudio | Qué hicieron | Resultado |
|---|---|---|
| Allcott y otros (2019) | Desactivar Facebook cuatro semanas antes de las elecciones de EE. UU. de 2018 | Más bienestar subjetivo, más tiempo con familia y amigos, menos polarización |
| Lambert y otros (2022) | Una semana sin Facebook, Instagram, Twitter y TikTok (154 participantes) | Mejoras en bienestar, depresión y ansiedad |
| Braghieri y otros (2022) | Llegada escalonada de Facebook a las universidades de EE. UU. | Empeoró la salud mental de los estudiantes, incluso antes del smartphone |
| Dwyer y otros (2018) | Cenas con el móvil sobre la mesa o guardado | Con el móvil presente, la gente disfrutaba menos de la comida y de la compañía |
| Kushlev y Leitao (2020) | Padres en un museo con uso frecuente o escaso del móvil | Con más uso, más distracción y peor conexión con sus hijos |
| Guo (2022) | Llegada de internet inalámbrico de alta velocidad a la Columbia Británica (Canadá) | Aumento de los diagnósticos graves de salud mental en chicas frente a chicos |
No son todos los que hay, y existen estudios que no encuentran efectos. Sin embargo, los que sí los encuentran suelen tener muestras mucho más grandes, y casi todos apuntan en el mismo sentido: menos redes, más bienestar.
Las redes también son refugio, pero no sustituto
Conviene no caricaturizar. Las redes pueden funcionar como un espacio de apoyo para muchos jóvenes que se sienten mal: permiten hablar, encontrar comunidades, compartir experiencias y reducir la sensación de aislamiento. Durante el confinamiento, de hecho, evitaron que la desconexión social fuera total.
El problema aparece cuando el refugio sustituye a la vida social real:
- Evitación: si se usan como vía para esquivar situaciones que generan ansiedad, se entra en un círculo peligroso. Cuanto más se evita el encuentro presencial, más cuesta afrontarlo después.
- Tipo de contenido: un uso sesgado expone a comparaciones constantes con vidas aparentemente perfectas, cuerpos idealizados, logros ajenos o imágenes de dolor emocional. En vez de aliviar el malestar, la red puede amplificarlo.
Por eso las redes no son buenas ni malas: depende de cómo y para qué se usen.
Lo que no sabemos (todavía)
Conviene ser honestos:
- Falta una explicación completa de los mecanismos. No sabemos qué parte del daño viene del tiempo de uso, qué parte del tipo de contenido y qué parte del diseño de las plataformas.
- Los efectos varían según la edad, el sexo y el tipo de uso. Las chicas de 11 a 13 años parecen especialmente sensibles.
- El suicidio es multicausal. Incluso si el móvil influye, no es la única variable.
- Las redes no son solo un riesgo: para muchos jóvenes con malestar funcionan también como apoyo y comunidad, así que el efecto depende del uso.
- Las tecnologías anteriores también despertaron alarma y la mayoría acabaron integrándose sin catástrofe.
¿Entonces, qué hacemos?
No creo que la respuesta sea retirar el smartphone, igual que no retiramos el coche por los accidentes. Lo sensato es gestionar el coste:
- Retrasar la edad del primer móvil y de las redes sociales, y dar más peso a la educación digital que a la prohibición, como ya comentábamos en el artículo sobre la medida del Gobierno.
- Poner el móvil fuera de juego en los momentos que importan: comidas, clases, noche.
- Priorizar el tiempo en persona. Quedar con amigos ya no es algo que ocurre solo; hay que proponérselo y ponerlo en el calendario. Ayuda tener un tercer espacio fijo, un sitio al que ir siempre y encontrar a los mismos.
- Quitarle importancia a las redes. No hace falta ser viral para tener amigos ni para ser alguien.
- Medir lo que pasa. Proyectos como FARO apuntan a monitorizar la salud mental en redes con datos y no con intuiciones.
Los datos no permiten decir todavía que el móvil sea el único culpable, pero sí que es el primer sospechoso con más peso. El calendario encaja, los mecanismos son plausibles y los estudios causales van en la misma dirección. Esperar sentados a que la sociedad se adapte quizá funcione, como ha pasado otras veces, pero adaptarse también es una decisión: cuándo damos el primer móvil, qué hacemos con él en casa y cuánto tiempo real pasamos con los demás.
Los jóvenes han salido adelante con todas las tecnologías anteriores. Lo razonable es ayudarles a que también lo hagan con esta, sin esperar a que lo resuelva solo el tiempo.